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26 de noviembre de 2013

Canciones que hablan del mundo: Berlín (II)

Ya sólo quedan tres días. 

Sólo tres días para reencuentros que han tardado dos años. 

Para repetir actos que un día fueron costumbres.

Volver a los orígenes de este blog: para disfrutar del frío, de los mercados navideños, de la mi gente, del idioma, de su fiesta. Para disfrutad de la mi Ciudad.



Hoy, os llevo a Berlín (otra vez), y no quiero reproches. Una canción con sabor pamplonés.

Toro



25 de noviembre de 2011

Recuerdos olvidados

Os contaré un secreto. Tengo miedo al olvido. 
Será porque mi memoria es así, vacilante, duditativa...efímera. Tengo miedo a olvidar. Y a que me olviden. Sobre todo a esto último (¡siempre tan egocéntrica!). Y quizás se debe a que yo, sin querer, olvidé lugares, fechas y personas que un día creí nunca olvidaría. Personas y lugares que, sin duda, en unos momentos de mi vida fueron eso, mi vida. Y sin embargo hoy, cuando miro mis desorganizados cajones de fotos intentado recordar, los nombres se escapan hasta el fondo de mi memoria y los recuerdos aparecen lejanos y opacos en mis retinas.  Sonrío nostálgica por aquello (y aquellos) que un día tuve a mi lado mientras sus sonrisas estáticas me mueven por dentro.

Y es que lo que antes parecía inseparable e imborrable, parece hoy lejano y borroso. Tan distante, que por momentos pienso que no fui yo, sino ella, la que estuvo allí, contigo. 



30 de septiembre de 2011

Flores sobre tierra árida

Últimamente, y muy a mi pesar, pienso mucho en la muerte. Supongo que se debe a todo lo que no nos tocaba vivir, pero que vivimos. A aquello que no nos merecemos, pero lo tenemos. A aquello para lo que no estamos preparados, ni estaremos nunca, pero que ha llegado.

Y sin poder evitarlo me pongo a pensar en el polvo  y en el aire que la religión en la que un día confirmé creer afirma que nos convertiremos. Y pienso en la tierra, que le cubre por completo, como última confirmación. Como si enterrar el féretro nos ayudase a enterrar el sufrimiento. Esa tierra árida, sin vida, que refleja el interior de los corazones vivos que sí que quedan. Y descansará en paz, rodeado de solemnes cipreses, que a pesar de su siempre verde colorido, me trasmiten una sensación inmensa de tristeza e inseguridad. Los cipreses  que con majestuosa pose señalan al cielo como si nadie pudiese (o quisiese) ver que se esconde tras ellos. Vallando nuestros miedos, nuestras penas. Separando nuestra vida diaria de un territorio que nos hace sufrir.
La muerte convive con nosotros, pero en la distancia. Separamos ese "rinconcito de paz" de nuestros lugares cotidianos, porque nadie quiere un recordatorio constante de lo que un día tuvo pero perdió.

La tristeza se entierra, se aisla y se aleja. Así, quizás, un día podamos olvidar.
Y sin embargo, aunque parezca que así todo lo tenemos bajo control, algo se nos escapa.  Porque a pesar de enterrarlo, aislarlo y alejarlo, el recuerdo vuelve siempre a nosotros. En cada gesto, en cada actitud. En cada una de las cenas que, sin querer decirlo en voz alta  para que la voz no tiemble, son hechas por y para ti. Porque el apartarlo en un rincón no hará que el recuerdo sea más leve, sino que conseguirá que el golpe sea más fuerte cada vez que huelas los cipreses.


Porque quizás, como en otros países, un "rinconcito de paz" alternativo es posible. Donde la piel se erice por el recuerdo de sonrisas pasadas y no por su oscuridad.

Porque lo que hoy muere, dio y dará vida.


















Cementerios en Suiza.

3 de agosto de 2011

Dejarlo todo e irse

Quizás, hasta hoy, no había visto el nombre de mi blog con los mismos ojos, llorosos, con los que lo veo hoy. Las cuatro palabras tan positivas con el que el nombre del blog presentaba la página, se tornan oscuras tomando hoy matices más grises.

Dejarlo todo e irse.

Pero, ¿qué es dejarlo todo?

Dejarlo todo es lo que tú hiciste ayer.
Dejarlo todo es irte sin decir adiós.
Sin tiempo a despedidas ni caras tristes.
Sin tiempo a frases que te formen un nudo en la garganta.
Sin tiempo a decir "tranquila, porque volveré".

Sin tiempo. Porque no volverás. 

Hoy tus frases retumban en mi mente lejanas y sin sentido. Hoy tus abrazos todavía me arropan, aún sabiendo que no eres tú el que lo hace. Hoy, mis ojos lloran el saber que te fuiste. Hoy mi estómago vomita tristeza, y mis pensamientos hacen eco, una y otra vez, en mi cabeza vacía. Mi corazón, de ritmo cambiante, avisa la pena incontrolada que sale de mi garganta. Garganta que se ha quedado sin cuerdas vocales que articulen palabra. Palabras que faltan para explicar cuánto te echaré de menos. Echarte de menos sabiendo que será eterno. Eterno el sonido de tu risa que quedará en mi recuerdo. Recuerdos felices que mantendrán mi sonrisa en momentos difíciles. Una sonrisa triste que intentará imitar a la tuya, una sonrisa que iluminaba a quién te rodeaba.

Dejarlo todo e irse...Irse sin mirar atrás.

Irse sin decir adiós.

Y hoy, con dedos temblorosos te escribo:

Adiós, Albert. Adiós. Nunca te olvidaré.

21 de julio de 2011

Un trocito de cielo, un trocito de Berlín.

Días grises en Navarra que me recuerdan los días grises en Berlín. Esos días grises que, por el hecho de no ser fríos, eran buenos días.

Quizás hoy me he acordado de Berlín más que cualquier otro día. Quizás las nubes que cubren el cielo sobre mi terraza me han recordado aquel Berlín, nublado y gris, que he dejado atrás con mi futuro incierto. Y sin querer, me he puesto nostálgica recordando calles, parques y rincones donde me perdí una vez, y donde sin dudarlo me perdería de nuevo. Y sin querer, me he imaginado allí, sentada, con los brazos recogiendo mis piernas y mirando al frente. Disfrutando del día (nublado pero cálido) y sonriéndome, porque estoy allí, donde quiero estar.

Y ya queriendo, he buscado las fotos de ese rincón y de ese domingo resacoso. Porque quería compartirlo con vosotros. Porque si no habéis estado, os lo recomiendo. Y porque si ya habéis estado, quizás os guste recordar la vista, las risas y el cielo de Berlín.


Este rinconcito lo podéis encontrar en la terraza del Hotel Amano, donde podréis tomar una cervecita o un cocktail disfrutando de una vista, a mi gusto, maravillosa. Durante el invierno, como es de suponer, el bar está cerrado, pero si le echáis morro podéis entrar en el hotel, subir en el ascensor hasta el último piso y disfrutar de la vista (Kostenlos!)


Una canción nostálgica, para un día nostálgico.

3 de julio de 2011

Fin de etapa

Tras cuatro días de viaje a lomos del coche de mi hermano he llegado a mi nuevo, y al mismo tiempo antiguo, destino. Destino, al menos, para mi próximo mes y medio.

Atrás ha quedado una ciudad increíble. Maravillosa. La cual solo por el hecho de caminar de un lado a otro, tomar el metro o coger la bici conseguía hacerme sonreír. Pero a pesar de lo inolvidable de la ciudad, puedo asegurar que ella no fue lo mejor de estos últimos siete meses, sino que lo más importante fue, sin duda alguna, la gente que me permitió conocer.Y no me refiero al berlinés en general, que si hay que caracterizarlo por algo (con la dificultad que eso supone) sería por la poca simpatía hacia el "turista" (y lo digo después de visitar países como Suiza, Francia o España durante mi vuelta). Me refiero, sin embargo, a toda esa gente que he conocido allí. Porque todos ellos, aparte de brindarme momentos imborrables (y algún borroso que otro ¿para qué negarlo?), me han enseñado cositas que no se aprenden en institutos ni universidades.




Me llevo grandes momentos, que a su vez esconden grandes historias y espero que grandes futuros planes. Me llevo la felicidad de saber que hay mucha más gente como yo, con las mismas ilusiones e inquietudes, con la misma alegría y amor por lo desconocido. Me llevo, en definitiva, grandes amigos.

Y ahora desde aquí, veo una y otra vez aquellos videos en los que mi yo del pasado saludaba a las tantas de la mañana a mi yo del futuro (que es a su vez mi yo del presente)  y no puedo evitar una sonrisa melancólica.




Porque supongo que hoy, el dicho alemán "mit einem traurigen und einem lachenden Auge"* tiene más sentido que nunca. Mi futuro vuelve a abrirse ante mí, con los brazos abiertos, esperando que yo (o quizás un posible nuevo trabajo) decida mi siguiente paso (aunque, a decir verdad, prefiero pensar que soy yo la que lo decide). 


A modo de terapia, o bien como técnica masoquista (no sé todavía qué pensar) , escribiré mis ultimos posts sobre Berlín, los cuales, a pesar de tener muchas ideas, no escribí por falta de tiempo (o mejor dicho, por preferir invertir mi tiempo con esa gente tan maravillosa a la que conocí, y a quienes mando un beso enorme desde la calurosa Navarra).


5 de mayo de 2011

La vuelta al cole

La semana pasada empecé de nuevo con mis clases de alemán. Ya he llegado al B2.2, y ¡qué orgullosa lo digo!

Si no me fallan las cuentas éste es el onceavo curso de idiomas que hago en el extranjero, que a su vez es el quinto en Alemania (oye, ¡es que el alemán es muy difícil!).Y puedo decir, sin miedo a equivocarme, que he visto de todo. He tenido profesores buenos y malos, aunque sobre todo buenos. La mayoría de las veces, al tratarse de cursillos no obligatorios, han sabido llegar al alumnado y hacer las clases amenas y divertidas.

En este tipo de cursillos hay gente de lo mas variopinta (y sin duda es lo que más me gusta). Conoces gente de todos los lugares que buscan lo mismo que tú: Aprender un idioma. Claro que con los años, y los cursillos, esa gente va quedándose en un ladito más aparcado de la memoria (¡no hay para tantos!) pero muchas de las anécdotas quedan ahí: como los primeros contactos (a mis 15 años) con gente extranjera en Irlanda (aunque debo admitir que ese año casi todo éramos españoles), el primer baile con un chico que te gusta durante las clases de francés en Rennes, o la lucha con los italianos por los únicos dos ventiladores de la clase  mientras nos achicharrábamos de calor en Malta. Aprender que un sueco llega a las citas con diez minutos de adelanto (eso sí, ¡sólo te esperará cinco minutos una vez pasada la hora!) o escuchar cómo un noruego define España con 4 palabras: Toros, sangría, fiesta y siesta. "Porque los españoles no trabajan 8 horas al día, sólo 4 ¿no?" comentaba durante uno de los cursillos de alemán que llevé a cabo en Stuttgart. También me sorprendí al ver a belgas (ya entrados en años) de la parte flamenca asistiendo a clases de francés en el sur de Bélgica, y aprender sobre el gran problema de comunicación en el que están sumergidos (el belga de la parte flamenca no habla francés, sino flamenco y muy buen inglés, y viceversa, aunque estos últimos no tan buen inglés). Pero sin duda, me quedo con la ANECDOTA. En un cursillo de alemán (el del A1.1) que hice en Berlín hace dos años conocí a un chico, Abdul, que venía de Irak. El pobrecito no sabía nada de inglés, así que las clases en alemán todavía se le hacían más complicadas al no poder enterderse con la profesora. Debido a la imposibilidad de comunicación (todavía no hablábamos alemán) no tuvimos gran relación. Mi sorpresa fue cuando hace unos meses recibí un e-mail preguntándome si conocía a alguna chica española que quisiese casarse con él para toda la vida.

Pero volviendo a este nuevo curso que empiezo. Estoy muy contenta porque hay mucha variedad internacional, y somos sólo dos españoles (casualidad que el otro sea "también" de Pamplona). Para que os hagáis una idea somos: 2 españoles, 2 mejicanos, 2 brasileños, 2 italianos, 3 chinas, 1 japonesa, 1 rusa, 1 polaca, 1 francesa y 1 escocés. Esto de momento, porque falta gente por venir, seguro.
Lo que me haya llamado la atencion así de primeras fue una conversación con la chica japonesa, que por cierto es my simpática y graciosa (algo que normalmente no parece ir unido al tópico japonés). En la conversación hablábamos de Japón y cómo llevaban lo del desastre nuclear."Se agradece que manden dinero, pero Japón es un pais rico, así que seguramente hace más falta en otros lados que allí" me decía.


Ahora dejo de escribir, que ¡tengo cursillo!



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25 de abril de 2011

5 soles

Qué buen tiempo ha hecho estos días. Qué calor, qué sol, qué bien.

Y es que han venido 5 soles ha visitarme. Normal, que cuando se han ido, haya vuelto a sentir de nuevo ese frío alemán...



Pequeño tesoro proveniente de España :)

14 de abril de 2011

Aquí España

Hoy es el cumpleaños de mi papá alemán. ¡Qué dilema! ¿Qué le regalo? Que le guste y a poder ser barato...

Después de pensarlo unos días, una idea empezó a coger forma en mi cabeza. La casa está llena de bebida de todo tipo (aunque sobre todo de vino) y hablando un día me dijo que conocía el Moscatel Ochoa, el Moscato...¡Vamos, que casi me da a mí una lección de bebida navarra...! Pero al preguntarle si conocía el pacharán negó con la cabeza. Le intenté explicar (como buenamente pude) qué era y el sabor, pero el "pobrecito" no se aclaró.

Ya tenía decidido entonces el regalo, pero ¿cómo lo consigo? Aquí, que seguro que no han escuchado hablar nunca de pacharán. Mi primera reacción fue mirar en internet. "Seguro que puedo encontrar algun sitio que me lo envíen hasta casa" Pensé. Pero no lo encontré (no sé si por falta de habilidad cibernética o porque realmente no hay empresas que distribuyan pacharán en Alemania). Entonces recordé que mi tándem me habló de una tienda española llevada por portugueses (WTF?) en Berlín. Encontrar esto fue más fácil, así que con el S-Bahn me planté allí en un momentito. Una vez bajas del metro es muy sencillo encontrar la tienda debido a su "discreto" cartel.



Una vez encontrado intenté centrarme en mi misión: Comprar pacharán, pero la curiosidad pudo más que la misión.

La verdad que la tienda me decepcionó. Yo, que iba con la idea de que los recuerdos, los olores y las marcas conocidas me hiciesen casi llorar. Yo, que creía que ahí estaría esperándome el Colacao, los Rufinos y los meones (sí, esas gominolas rojas de un muñequito que mea). Y no. Pero ¿qué esperabas? si la tienda la llevan portugueses.
La tienda olía muy bien. A jamoncito, a queso curado y aceitunas. Tenía todo tipo de bebidas, y bastantes conservas. Pero, para los tiempos de globalización en los que estamos (en los que en cualquier super puedes encontrar ya de todo), me faltó un poco de esas pequeñas cositas que te hacen añorar más la tierra (vamos ¡que quería unos Rufinos!). Porque si Berlín tiene algo son supermercados, y ¡turcos! que, por raro que nos suene al principio, tienen una alimentación mucho más parecida a la nuestra, más mediterránea. En los turcos siempre encontraremos esas cosas que, a veces, son más difíciles encontrar en un supermercado alemán, como son los botes de legumbres, el (buen) pescado y las aceitunas.

Por eso digo que, para ser una tienda especializada española, le faltaban muchas cosas. Aunque bueno, no me quejo, ya que pacharán tenían (casi a doblón, pero tenían) . Y eso sí que no lo encuentras ni en un super ni en un turco.

8 de enero de 2011